Fundadora

Francisca Pascual Doménech

Madre Francisca nace el 13 de octubre del año 1833, en Moncada. Sus padres fueron Mariana y Jaime, ambos viudos con hijos. De estas segundas nupcias nace Francisca.

La casa natal de Madre Francisca -calle Alpargateros 16, hoy Dr. Moliner- fue adquirida por la Congregación en el año 1999 con el fin de dedicarla a una obra social, tal como hubiera querido Madre Francisca. 

A muy temprana edad se ve obligada a trabajar. Primero como empleada doméstica con la familia Marco de Valencia y después como obrera en la fábrica de seda “El capoll". Algunos datos que resaltan las crónicas son la poca escolaridad, los viajes a pie para llegar al trabajo, los días de comer pan y aceite como único alimento, el alquiler de un piso en Valencia con otras compañeras de trabajo para aliviar el cansancio del trabajo y la caminata diaria. Idea que fue el germen de lo que luego se convertiría en la Congregación.

Francisca quiere seguir a Jesucristo de un modo más intenso, ayudando a la defensa y promoción de la mujer Un momento crucial en su vida fue la decisión de entrar en las Adoratrices que tenían como misión principal la atención de las jóvenes con riesgo social.  Se acerca a este convento, pero no es aceptada al no poseer una dote con la que contribuir al mantenimiento del convento, como era costumbre y necesidad en aquella época.

No se rinde en su búsqueda y llega al Beaterio de San Francisco de Asís, situado en lo que es hoy Arzobispo Mayoral. Tampoco es aceptada por no tener 35 años, requisito para ingresar en el beaterio, estar cubierto el cupo de beatas y no contar además con espacio suficiente para una beata más.

Francisca insiste. Y, al final, la admiten dándole un espacio en el hueco de la escalera.  El beaterio, en esos momentos, ya estaba en decadencia. Pronto, las beatas ven en Francisca una mujer con resolución, piedad y simpatía suficiente para animar y dar nueva vida al Beaterio. La eligen superiora, a pesar de su negativa para aceptar.

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Después de unos años en el Beaterio y viendo la situación social de injusticia y marginación, encuentra la oportunidad para orientar la vida del Beaterio hacía una vida más activa y comprometida con los excluidos de su tiempo.  Intuición y urgencia que ya habían visto y realizado otras Congregaciones religiosas, femeninas y masculinas.

Madre Francisca definió su misión y el de las hermanas de esta manera: Hacer siempre el bien, con alegría, sencillez, confianza. Vivir en fraternidad y agradecer la misericordia de Dios.

Su principal preocupación fue la promoción social de la mujer y los niños, los enfermos y ancianos con menos recursos. Así lo expresaba ella en las primeras Constituciones: “luchar corresponsablemente contra el persistente mal social que margina inexorablemente a los más débiles, condenándolos a una vida sin libertad, sin paz, sin dignidad”.

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Desde el primer momento, la comunidad abrió sus puertas a cuantas necesidades sociales hubiera en su entorno, desde una experiencia de fe que centraban en el amor al prójimo, y que M. Francisca expresaba así: “el amor de Dios que no se expansiona en el prójimo es una tragedia y la vida cristiana no tiene otro sentido que hacer sencillamente el bien”, ideas que repetía incesantemente a las hermanas y laicos que trabajaban y colaboraban en la obra.

Las hermanas se dieron de lleno al servicio de los grupos más marginados de la época, teniendo como principio básico la educación en todos los niveles:

LA MUJER OBRERA, con la creación de Centros de Promoción Social y albergues que permitían a las mujeres obreras, cuyas casas estaban distantes de la fábrica, tener un lugar seguro para dormir, comer y formarse humana y cristianamente.  De ahí surgen las Escuelas nocturnas, las escuelas dominicales y las llamadas “escuelas de niñeras”, dirigidas a las niñas que cuidaban niños más pequeños. Mientras las niñeras estaban en clase, las hermanas cuidaban de los niños que a ellas se les habían confiado.

SORDOS Y CIEGOS. Desde el primer momento también, y siguiendo esta opción por los más débiles, M. Francisca asumió la responsabilidad de la educación de los ciegos y sordos, por aquel entonces excluidos de la educación, a no ser personas de muchos recursos económicos y con gran influencia social.

ENFERMOS DE LEPRA. Los enfermos de lepra eran, en aquella época y aún en la nuestra, personas excluidas hasta de la atención como enfermos. Madre Francisca no llegó a ver esta fundación, pero puso las bases. Las hermanas, en colaboración con el P. Ferris y la Compañía de Jesús el 18 de enero del año 1909 abrieron el Centro de Fontilles, actual Sanatorio San Francisco de Borja, del que la Congregación y la Compañía salieron en enero del año 2015.

PERSONAS ENFERMAS Y ANCIANOS, EN SITUACIÓN DE RIESGO SOCIAL. Las personas ancianas y enfermas abandonadas o solas fueron atendidas ya por las beatas en sus propias casas. Después de la fundación de la Congregación, en colaboración siempre con los Ayuntamientos e Instituciones sociales, se crearon centros de atención para ellos, continuando, en el caso que lo requería la atención domiciliaria.

Consciente de que esta misión no es posible hacerla en solitario, buscó en todo momento la colaboración de la gente del pueblo, de los vecinos e instituciones. Y planteó como prioridad la educación de los más pobres y la acogida a cuantas necesidades urgentes surgiesen.

Por ello, la mayoría de las obras que ella emprendió fueron en colaboración y convenio con diversas instituciones (Patronatos, Fundaciones, Ayuntamientos, Asociaciones civiles...), procurando que la Congregación tuviese el menor número posible de propiedades.

Madre Francisca muere en Moncada, actual Centro de Espiritualidad y enfermería para las hermanas, el día 26 de abril del año 1903.

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FRANCISCA

PASCUAL

DOMÉNECH

Centró su vida en hacer el bien y construir la paz, desde una experiencia de fe que le llevó a entender que el amor a Dios que no se expansiona en el prójimo es una tragedia.

Su experiencia de pobreza y explotación laboral desde la infancia, despertó en ella la intuición de que, sólo desde la fraternidad, y dando alternativas reales a los problemas sociales, se puede vivir en paz y justicia.

Una intuición que plasmó en sus obras de protección a la mujer y a la infancia y que le exigió mantener las puertas abiertas a cualquier necesidad que se plantease.

La lucha social la encauzó desde una oposición misericordiosa al mal de la injusticia y la violencia.